¿Cantidad o calidad de tiempo?

El pequeño debate sobre cuánto tiempo debemos dedicar a nuestros hijos para darles la mejor formación posible, generalmente, aprendimos a resolverlo diciendo que preferimos dar calidad de tiempo y no cantidad… que lo importante es la calidad. De esa manera, hemos justificado la dosificada inversión de tiempo que damos a nuestra familia. En estos días, han llegado a mí dos mensajes que hoy quiero compartir con ustedes:

a. La adicción a la marihuana toca las puertas de una familia. Un joven lleno de talentos e inteligencia, acosado por su dificultad para construir su sentido de vida, se enfrenta al consumo de marihuana. Sus tutores, desconcertados, temen que el muchacho cabe el foso profundo de la adicción. Ante ese escenario, me encuentro con un padre cercano a la familia y, en medio de la conversación, citando otra conferencia, me dice refiriéndose a los padres del joven: “sus padres tienen que dejar de decirse esa gran mentira, calidad de tiempo SÍ es cantidad de tiempo cuando se trata de nuestros hijos”.

De nuevo, estos queridos papás no han dedicado el tiempo suficiente para estar con su hijo joven. Las deudas, el trabajo, los negocios, la empresa, los problemas de pareja… todo parece más importante que él. Por lo menos, este pequeño joven lo cree así.

b. En un mensaje por las redes sociales, recibí esta historia: el rector de un colegio preguntó a sus padres cuántos tenían carro. Todos levantaron la mano. Preguntó cuántos lo prestarían a su empleada del servicio doméstico o a un extraño. Ninguno levantó mano. Después, preguntó si eran más importantes sus hijos o su carro. Parece que no tenemos problema en dejar mucho tiempo a nuestros hijos con la empleada del servicio doméstico. Y a nuestro carro lo cuidamos como un tesoro; nadie lo puede tocar. Parece una indignante exageración, pero a mí me cuestionó.

Sin duda, más allá de los argumentos que justifican nuestra falta de tiempo, calidad de tiempo es cantidad de tiempo, sobretodo, cuando se trata de formar nuestros niños y jóvenes. Formar sus hábitos y rutinas de vida; moldear su vocabulario y sus acciones; escuchar sus preocupaciones e intereses; reconocer sus talentos y disfrutar de sus habilidades; exigen tiempo con ellos. Definamos tiempos y lugares durante la semana para compartir con nuestros pequeños. Convirtamos esos tiempos y lugares en espacios sagrados.

Sin importar lo que pase, el fin de semana o todas las noches después de cena son para ti, no los dedicaré a NADA ni a NADIE MÁS. Sabré qué programas de TV ves, a qué hora duermes, con quién hablas o chateas, dedicaré espacios para escucharte y saber más de ti, te hablaré de mí y nos haremos uno solo, porque te amo. No esperemos a que nuestro hijo, sin saber qué hacer en sus momentos de tormenta o dolor, nos grite

desde lo más profundo de su corazón: ¡¿Dónde estabas cuando te necesité?!

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