¿DEBO SER AMIGO DE MIS HIJOS?

Es motivo de polémica esta cuestión de si debemos o no ser amigos de nuestros hijos. Desde diferentes corrientes psicológicas, nos vienen respuestas a favor y en contra. Sin duda, la cuestión también involucra nuestra tarea como maestros: ¿los docentes debemos ser amigos de nuestros estudiantes? Pues bien, quiero aprovechar este espacio para compartirles algunas de mis reflexiones al respecto.

Tal vez, las desfiguradas relaciones de amistad han confundido el nombre que damos a nuestras relaciones. Así, quienes defienden la idea de que papá y mamá deben ser padres y no amigos describen contextos de complicidad e irresponsabilidad en los que son educados algunos niños y jóvenes. Patrocino el licor que van a consumir; no les defino límites de tiempo para llegar a casa o no programo espacios para que nuestros hijos compartan con la familia a la que pertenecen; les permito que nos hablen o, en ocasiones, nos griten borrando nuestro lugar como tutores; cumplo todos sus caprichos y deseos; justifico todas sus equivocaciones y quito de en medio todos los obstáculos que la vida le propone. Entonces, si esas son las pautas de relación con mi hijo, no soy ni su padre ni su mejor amigo, soy su peor enemigo. ¿Qué amigo fiel me lanza al abismo del desorden, la indisciplina, la irresponsabilidad y el descontrol? ¿Podemos llamarle amigo a aquella persona que se propone complacerme en todo para hundirme en la peor de las desgracias?

Los buenos amigos con los que Dios me ha bendecido son las personas más exigentes y críticas que he tenido. Su preocupación permanente, su generosidad, sus enseñanzas, su compañía incondicional. Son las personas más duras y radicales con mis errores y las más amorosas conmigo. Les puedo contar sin miedo mis errores más vergonzosos y los momentos más dolorosos de mi historia. Todo lo que saben de mí son las razones que completan el amor que sienten por mí. Si esto es capaz de hacer un amigo que me encuentro en el transcurso de la vida, ¿cuánto es capaz de hacer mi papá y mi mamá cuando se convierten en mis verdaderos amigos? Estoy seguro que la mejor forma de hacerle frente a este mundo convulsionado es lograr que nuestros niños y jóvenes tengan en sus adultos tutores amigos sinceros y comprometidos con su vida.

Disfruten de la experiencia más maravillosa que puede tener un padre con sus hijos o un maestro con sus estudiantes cuando es su mejor amigo: lograr que reconozcan tu autoridad, valoren y respeten tu experiencia y tus normas, confíen en ti para contar las cosas importantes de tu vida, quieran disfrutar contigo sus juegos y diversiones, hablen de ti por tu ejemplo de vida y quieran ser como tú. En esto consiste mi felicidad: mis estudiantes me reconocen y me respetan como su maestro y saben, en el fondo de su corazón, que los amo como su mejor amigo.

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