¿Hablamos de sexo?

¿Hablamos de sexo?

¿Cuál es el momento más oportuno para resolver las inquietudes que mis hijos tienen sobre la vida sexual?

  • ¿Los maestros en el colegio deben enseñarles todo acerca de su cuerpo, el amor, las relaciones íntimas…?
  • ¿Debo acudir a un profesional en psicología experto en sexualidad?
  • ¿Espero hasta que, en su adolescencia, sus amigos y amigas les enseñen “todo” acerca del sexo?

Estas preguntas acuden a nosotros, formadores y padres de familia, todo el tiempo.

Para nuestra sorpresa, a pesar de que la sexualidad es un aspecto fundamental de la formación humana, los adultos seguimos abordando el tema con recelo, con excesivo moralismo o, en el peor de los casos, con una equivocada apertura.

Les propongo algunas acciones y reflexiones que fortalezcan nuestra tarea en este aspecto esencial:

La familia es la mejor escuela para la educación sexual.

Sólo la orientación amorosa de papá y mamá nos permitirán comprender el vínculo entre nuestro cuerpo, el deseo sexual y el amor.

¡Quién puede, con mayor cuidado y respeto, enseñarnos que entregar nuestro cuerpo en las relaciones sexuales es dar a la otra persona un preciado tesoro!

El ejemplo de fidelidad y respeto que me ofrecen mis padres es la medida del respeto y cuidado que tengo por mi propio cuerpo.

La educación sexual no se reduce a explicar cómo usar un preservativo o aplicar cualquier método anticonceptivo.

Por ese camino, promovemos una denigrante promiscuidad. Deja de ser importante cada ser humano y sólo es importante evitar cualquier enfermedad de transmisión sexual o un embarazo inesperado.

Nuestra dignidad personal es mucho mayor; ser valioso para mí y para los demás; convertir un beso, una caricia, un abrazo y una relación íntima en un acto de amor; poner límite a las personas que abusan de la confianza que les brindo y me irrespetan.

Finalmente, el mejor camino para formar a nuestros hijos en el respeto y amor por su propia vida sexual es enseñarles a luchar por sus propósitos vitales.

Una persona con metas concretas aprende a elegir las personas con las que quiere estar, los lugares que quiere compartir y los sacrificios o esfuerzos que debe hacer para alcanzar sus sueños. Un joven sin metas, aconsejado por el ocio y la soledad, es víctima de todas las ofertas que este mundo le ofrece.

Así pues, nuestros niños y jóvenes esperan que seamos el mejor ejemplo de vida para aprender a respetar su propio cuerpo; para amar con fidelidad y responsabilidad; para alejarse de la promiscuidad; para protegerse de todo lo que pueda hacerles daño; para aprender a luchar por los sueños que motivan nuestra vida, compartiéndolos sólo con aquellas personas que merecen estar a nuestro lado.

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¿Qué es una familia?

¿Qué es una familia?

La cuestión que propongo es polémica y difícil de resolver.

Mi definición de la familia tiene una sola motivación: descubrir un lugar en el que los niños y jóvenes encuentren todo el amor que merecen para alcanzar su felicidad personal.

Ellos no son responsables de las decisiones de los adultos. Sus vidas no deben quedar condenadas por acusaciones morales o creencias religiosas que los desconocen como la única prioridad.

Les propongo que vayamos más allá de la familia ideal y pensemos cómo construir familias asumiendo las circunstancias de la vida. Más allá de quiénes sean las personas que conviven en casa, lo importante es la disposición que estas personas tienen para convertir ese lugar en un amoroso espacio familiar. Entonces, ¿qué es una familia?

Una familia es un lugar en el que los adultos, los niños y los jóvenes están vinculados a proyectos comunes. Mi papá solía repetir que nuestra familia era como una empresa en la que todos aportábamos para lograr los objetivos que nos proponíamos. De esta forma entendíamos las normas que debíamos cumplir; las razones por las que nos compraban o no los juguetes de nuestro antojo; las responsabilidades que asumíamos en la vida cotidiana; los viajes que hacíamos o no… siempre con los propósitos familiares como el criterio. Así nuestra familia fue un lugar de pertenencia. En ese lugar, nuestros esfuerzos eran recompensados por la satisfacción de las metas alcanzadas para el bienestar de todos.

Vivir en la misma casa no es una familia. Tener todas las comodidades o esconder las necesidades para aparentar bienestar no es una familia. Tener sólo proyectos individuales y egoístas no es una familia. Eliminar los espacios comunes y los ritos que nos encuentran no es una familia.

Una familia es un privilegiado lugar de aprendizaje. El contexto familiar es semejante a un simulador de vuelo. Los nuevos pilotos tienen la oportunidad de volar y equivocarse sin consecuencias catastróficas. El movimiento de todos los controles; las tormentas eléctricas y los fuertes vientos; las maniobras de despegue y aterrizaje, etc. Todos esos nuevos conocimientos pueden aprenderse sin riesgos reales guiados por pilotos experimentados que aprovechan el simulador para enseñar.

Así es nuestra familia. En ella aprendemos a contestar las preguntas que nos convertirán en pilotos expertos: ¿qué sucede si administro mal el dinero? ¿Cómo debo tratar a las otras personas? ¿Cómo debo enfrentar los fracasos? ¿Cuál es la diferencia entre las personas que me aman y las que sólo quieren aprovecharse de mí? ¿Por qué debo ser responsable, disciplinado y esforzado? ¿Puedo mentir o robar? Nuestros niños y jóvenes pueden resolver estas y otras cuestiones de su vida en sus familias, antes de que el mundo se las enseñe.

No importa quiénes o cuántos conforman nuestra familia, ella siempre debe ser un espacio creativo y amoroso.

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