¿Tus hijos confían en ti?

¿Tus hijos confían en ti?

La primera vez que fui a la montaña lo hice en compañía de un montañista experto.

Desde cuando esa pequeña travesía empezó, mi maestro propició conversaciones en las que pude expresar mi miedo y mis debilidades. Mi maestro escalador no dudo en contarme sus propios miedos, narrándome anécdotas y reconociendo obstáculos que él mismo aún no había podido sortear.

Sus propios retos, problemas y experiencias me dieron fuerza y tranquilidad para saber que subir la montaña era difícil, ¡pero era posible! Al llegar a la montaña, mi maestro caminó y escaló conmigo con la seriedad y la responsabilidad de una travesía a la más alta montaña.

Estoy seguro que ese trayecto simple y fácil, él lo había recorrido infinitas veces, sin embargo, con la paciencia y la confianza que sólo imprime un amoroso maestro, él escaló conmigo MÍ más alta montaña. ¡Yo pude hacerlo!

Con mucha frecuencia, escucho a los padres de familia reclamar con desespero y tristeza por qué sus hijos e hijas no confían en ellos.

“¿Por qué no me cuentas lo que pasa…?”, “¡confía en mí!”, “¡La próxima vez, dímelo…!”, “¡No sabía que te sentías así!”: estas son las reclamaciones que más escucho cuando participo de las conversaciones entre los padres de familia y sus hijos.

Siempre respondo igual: la pregunta no debes formulársela a tus hijos. El problema no es qué deben hacer mis hijos, el problema es qué debo hacer yo para que ellos confíen en mí.

La confianza no es un acto de obediencia.

Confiar es abrir el corazón con generosidad a personas que han probado, sin duda, que te aman, respetan tu diferencia, reconocen tu valor y confían en ti.

¿Han confiado alguna vez en personas que nunca les quieren hablar sobre su propia vida? ¿Están dispuestos a contar sus secretos más íntimos o sus mayores preocupaciones a una persona que no confía en ustedes? Infundirles miedo, tener siempre la respuesta correcta, hacerles creer que nunca te equivocas y todo lo sabes y lo haces perfecto; cerrar las puertas para conversar sobre tú propia vida; juzgar sus amigos, su corte cabello, su forma de vestir; reírte de sus problemas porque te parecen simples, o de sus juegos y sus sueños porque te parecen tontos o inalcanzables, porque “todavía no sabe lo que es la vida”… Ahí tienes la fórmula perfecta para que tu hijo desconfíe de ti.

Ser padre o madre es arriesgar tu propia vida para ganar la de tus hijos. No hay amor que no sea entrega. La confianza es un camino que sólo recorren dos.

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¿Hablamos de sexo?

¿Hablamos de sexo?

¿Cuál es el momento más oportuno para resolver las inquietudes que mis hijos tienen sobre la vida sexual?

  • ¿Los maestros en el colegio deben enseñarles todo acerca de su cuerpo, el amor, las relaciones íntimas…?
  • ¿Debo acudir a un profesional en psicología experto en sexualidad?
  • ¿Espero hasta que, en su adolescencia, sus amigos y amigas les enseñen “todo” acerca del sexo?

Estas preguntas acuden a nosotros, formadores y padres de familia, todo el tiempo.

Para nuestra sorpresa, a pesar de que la sexualidad es un aspecto fundamental de la formación humana, los adultos seguimos abordando el tema con recelo, con excesivo moralismo o, en el peor de los casos, con una equivocada apertura.

Les propongo algunas acciones y reflexiones que fortalezcan nuestra tarea en este aspecto esencial:

La familia es la mejor escuela para la educación sexual.

Sólo la orientación amorosa de papá y mamá nos permitirán comprender el vínculo entre nuestro cuerpo, el deseo sexual y el amor.

¡Quién puede, con mayor cuidado y respeto, enseñarnos que entregar nuestro cuerpo en las relaciones sexuales es dar a la otra persona un preciado tesoro!

El ejemplo de fidelidad y respeto que me ofrecen mis padres es la medida del respeto y cuidado que tengo por mi propio cuerpo.

La educación sexual no se reduce a explicar cómo usar un preservativo o aplicar cualquier método anticonceptivo.

Por ese camino, promovemos una denigrante promiscuidad. Deja de ser importante cada ser humano y sólo es importante evitar cualquier enfermedad de transmisión sexual o un embarazo inesperado.

Nuestra dignidad personal es mucho mayor; ser valioso para mí y para los demás; convertir un beso, una caricia, un abrazo y una relación íntima en un acto de amor; poner límite a las personas que abusan de la confianza que les brindo y me irrespetan.

Finalmente, el mejor camino para formar a nuestros hijos en el respeto y amor por su propia vida sexual es enseñarles a luchar por sus propósitos vitales.

Una persona con metas concretas aprende a elegir las personas con las que quiere estar, los lugares que quiere compartir y los sacrificios o esfuerzos que debe hacer para alcanzar sus sueños. Un joven sin metas, aconsejado por el ocio y la soledad, es víctima de todas las ofertas que este mundo le ofrece.

Así pues, nuestros niños y jóvenes esperan que seamos el mejor ejemplo de vida para aprender a respetar su propio cuerpo; para amar con fidelidad y responsabilidad; para alejarse de la promiscuidad; para protegerse de todo lo que pueda hacerles daño; para aprender a luchar por los sueños que motivan nuestra vida, compartiéndolos sólo con aquellas personas que merecen estar a nuestro lado.

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¿Libre desarrollo de la personalidad?

¿Libre desarrollo de la personalidad?

Para la escuela y la familia en nuestro país, se convirtió en un debate interminable el problema de los límites de la libertad. Desde polos opuestos, unos formadores y otros discuten sobre la conveniencia o no de otorgar licencias de comportamiento a nuestros niños y jóvenes.

Para algunos, resulta prematuro y contraproducente dejar que niños y jóvenes tomen decisiones sobre su vestido, sus costumbres y hábitos, su música, sus lugares de encuentro, etc. Para otros, la niñez y la juventud son condiciones suficientes para respetar la autonomía de decisión y autodeterminación de nuestros hijos.

Al respecto, creo que es fundamental fortalecer un espacio de formación capaz de mediar entre estos extremos, ambos problemáticos e incompletos. Creo en la formación para la libertad, la autonomía, la autodeterminación. Sin embargo, creo que esa libertad es producto del esfuerzo, la construcción permanente, el aprendizaje motivado y guiado por maestros expertos y cuidadosos.

La libertad no es un derecho des-in-formado para hacer lo que quiera, inclusive en contra de mí mismo (adicciones, daños físicos…) o en contra de otros. La libertad individual es una victoria, una meta, que sólo alcanzan verdaderamente quienes se esfuerzan por construirla de forma responsable, progresiva y encausada.

No nacemos libres, sin razón ni formación, nos formamos para la libertad. Así pues, permitir que nuestros pequeños discípulos “decidan” sobre TODO lo que conviene a sus vidas cuando apenas están reconociendo el mundo al que pertenecen, las implicaciones y consecuencias de sus actos y la existencia real de otros seres humanos, es un acto de irresponsabilidad y desidia que hace culpables a los adultos, padres y maestros.

Trabajo con esfuerzo para que mis estudiantes sean libres, no los trato en todo, sin medida ni criterio, como si ya fuesen libres. El amor que les tengo lo traduzco en cuidado, de tal forma que comprendo cuando su aparente decisión atenta contra su vida, su futuro inmediato o su salud.

Los maestros y padres caímos en una trampa: confundimos el libre desarrollo de la personalidad con la esclavitud a la que son sometidos nuestros niños y jóvenes cuando sea hacen presa fácil del consumo desmedido.

No es libertad real querer tener y comprar todo lo que nos venden. Ropa, lujos, aparatos electrónicos… eso no representa un acto de libertad. Es la paradoja de la necesidad insaciable de tener cosas. Y menos cuando esa necesidad de consumir está ligada, sin criterio, a la imitación de los “héroes” que esta sociedad de consumo nos propone. ¿Libertad para parecerme al cantante, al futbolista, al actor o al maleante de turno? Libre todo aquel que define, con espíritu crítico y verdadera independencia, una forma propia de ser y hacer en el mundo.

Nuestra primera misión formativa es crear esa capacidad crítica en nuestros pequeños. Toda perfecta libertad es una responsabilidad, por sí mismo y por los otros.

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